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  • NO TENGO TIEMPO PARA MORIRME

    Tengo sesenta y siete años, nueve meses y ocho días y me quedan muchas cosas por hacer. He sufrido un cáncer que me ha enfrentado a la muerte y que parece que he superado —aunque esto nunca se puede dar por seguro en este tipo de enfermedad— gracias a la ciencia y a la suerte; lo descubrí por un hecho poco habitual que llevó a un diagnóstico precoz y un tratamiento de cirugía y quimioterapia, que creo que ha sido exitoso.

    Era la primera vez que la muerte tenía mi nombre. Eso lo ha cambiado todo. Te planteas el tiempo como algo limitante. Esto me ha llenado de ansiedad, y no es por miedo morir, no lo tengo, o no más que cualquiera que no sea timorato.

    La falta de tiempo me da angustia.

    Morirme me da rabia.

    Esa es la palabra. Rabia. Rabia para no tener tiempo de hacer todo lo que me he propuesto desde que sé que el tiempo existe y que antes no le daba importancia.

    Miles de libros por leer, cientos de caminos por abrir y explorar, decenas de novelas por escribir, estudios por emprender (técnicas narrativas, idiomas para leer en versión original y poder escribir en ellos).

    En especial el catalán, mi idioma materno que nunca estudié por haber nacido y haberme educado en colegios franquistas, y, luego, por haberme dedicado a otros estudios y tareas que consideraba prioritarios, para ganar dinero y tirar adelante con la familia.

    Ahora tengo que darme prisa, y me angustia no tener tiempo.

    ¿Qué me pueden quedar? Si no se reproduce el cáncer y tengo suerte, quizá la media en mi entorno, que es de unos ochenta y cinco años, por lo tanto diecisiete.

    ¿Cuántas cosas de las que quiero hacer podré llevar a cabo en diecisiete años?

    Dirás que muchas, pero si piensas en los años que he desperdiciado, por pensar que tenía todo el tiempo del mundo delante de mí, lo que me resta es una miseria. Y eso me da rabia.

    ¿Por qué nos damos cuenta de las cosas importantes cuando es demasiado tarde?

    Sí, debo ser justo, todo lo que he hecho ha sido importante. Criar a mis hijos, trabajar para poder hacerlo. No hablo de eso, hablo del tiempo perdido a lo tonto, sin darme cuenta de que ese tiempo era irrecuperable. Dedicarme a tonterías que no me llenaban, solo por pereza, para distraerme de los agobios cotidianos. Trabajar para comer dura ocho horas al día; quedan dieciséis, sácale siete para dormir, la resta te da nueve horas. ¡Nueve horas cada día y más los de fin de semana o las vacaciones! ¿Cómo he podido perder tantas y tantas horas en mi vida sin hacer lo que más me gusta y que sabía que me gustaba? No es que lo haya descubierto ahora: leer, escribir y aprender.

    Claro que hay muchas cosas que hacer en un día además de dedicarte a lo que más te gusta: horas de convivencia familiar, tareas domésticas, ejercicio físico y otras muchas que necesitan algo de tiempo. Aun así, me deberían haber quedado unas cuatro o cinco horas al día para mi desarrollo.

    Si hubiera empleado cuatro o cinco horas, o tres, al día en ello, ahora sería un autor prolífico, un experto en las ramas de la intelectualidad en que me hubiera sumergido, y hablaría y escribiría a la perfección no menos de cinco idiomas.

    Y ahora tengo prisa.

    Me da rabia.

    Pero debo tener esperanza y pensar que llegaré a los ochenta y cinco años en plenitud de facultades mentales. Que podré hacer muchas cosas en esos diecisiete años que me quedan. No es momento de lamentarse. Es hora de ponerse en marcha y de no perder más tiempo.

    Ahora estoy escribiendo esta confesión mientras escucho música en los auriculares y un montón de libros en la mesa de centro del comedor llamándome impacientes.

    Me siento como si fuera un niño el primer día de clase en el que va a conocer a sus nuevos amigos y jugar con los ya conocidos.

    Pero, a pesar de todo, la ansiedad me roe las entrañas.

    El tiempo se ha hecho consciente.

    Me da rabia haberme dado cuenta tan tarde.

  • LA BIBLIOTECA

    Voy a presentarme al padre de Esmeralda. Se ha empeñado en que lo conozca. Llevamos unos meses saliendo. Ella había ido a Londres para cursar estudios de derecho y nos conocimos el primer día de clase.

    Quedé fascinado por su porte elegante y esos ojos azules y profundos. Era una chica distinguida y distante.

    Así que acepté y aquí estoy.

    La casa es una masa oscura que opaca la noche carente de luna y estrellas. Cuando me bajo del auto y abro el paraguas, me encaro a una mansión de altos muros y ventanas cerradas. Solo una luz amortiguada destaca en el muro forrado de hiedra. Me acerco corriendo a la puerta, arrebujado en un abrigo que me llega hasta los pies y me molesta en la marcha; llevo el cuello protegido por una bufanda de lana y me cubro la cabeza con una gorra Stetson, verde oliva, resistente al agua. Espero causar una buena impresión al padre de Esmeralda. Cierro el paraguas y lo sacudo en el porche de entrada. La puerta es de madera, como la de un castillo medieval, alta y sólida. Tiene dos grandes llamadores de bronce en forma de garra de león, pero pienso que deben ser de adorno. Esas cosas ya no se usan. Miro el muro y allí encuentro un timbre de latón dorado. Lo pulso y me parece oír una grave y lejana resonancia, como de una especie de campana. Un trueno retumba a mi espalda y un fogonazo ilumina por un instante el jardín que rodea la casa. Un enorme roble inglés destaca sobre la oscuridad del fondo, con el tronco retorcido y unas grandes ramas tortuosas.

    Siento un leve estremecimiento, noto un molesto tic en el rabillo del ojo. Tengo la boca seca y me cuesta tragar la saliva.

    Me pregunto dónde estará Esmeralda. ¿Por qué no está esperándome?

    Es huérfana de madre y vive con su padre, un aristócrata, y su bisabuela de casi cien años, en esa mansión en Surrey, cerca de Shalford, a una hora y media de Londres. Eso decía Google Maps, pero he tardado dos horas con esa lluvia torrencial que me ha acompañado todo el camino y golpeaba el parabrisas con furia, impidiéndome ver con claridad las estrechas carreteras del condado.

    La puerta se abre lentamente y una cabeza asoma por el resquicio. Me mira de arriba abajo antes de abrir del todo. Es un hombre más bien enjuto, vestido de negro, de manos huesudas y cuello de buitre leonado. Me repasa con unos ojillos inquietos y negros.

    —¿El señor Stevens, supongo?

    Asiente enmudecido y se aparta a un lado con una leve indicación de la mano para que entre.

    Recoge mi sombrero, abrigo y la bufanda y los cuelga en un ropero.

    —Menuda noche —comento, para romper el hielo.

    —Sígame —dice andando renqueante por un pasillo pobremente iluminado.

    Cuadros con motivos de caza cuelgan de las angostas paredes y el suelo es de listones de madera desgastada por los años, aunque bruñida y bien cuidada.

    Llegamos a un distribuidor del que parte una escalera amplia y al que desembocan tres grandes puertas. Abre una de ellas.

    —Espere en la biblioteca. Avisaré al señor.

    —¿Y Esmeralda? Está esperándome.

    —Lord Milton le atenderá en cuanto le sea posible. Aguarde aquí.

    Cierra la puerta a mis espaldas y me encuentro en una gran habitación tenuemente iluminada por un par de lámparas de pie de madera tallada, con las pantallas de tela de color crema. La luz es tan débil que, más que iluminar, hace destacar las sombras que se esconden por los rincones más alejados.

    Las paredes están forradas con estanterías que van del suelo al techo, de una altura de más de cuatro metros, con una escalera que corre a través de la librería por unos raíles. Tengo la sensación de que pueden desplomarse sobre mi cabeza. El aire de la estancia es espeso, como si llevara mucho tiempo reposando. Me cuesta respirar este ambiente viciado.

    En la pared, sobre la chimenea, una mujer joven me observa huraña. Se parece a Esmeralda, pero tiene una pose adusta y unos ojos helados. El pintor la había retratado sin calor humano.

    Me acerco a la estantería para ver qué libros interesan al padre de mi novia. La mayoría son tratados de leyes y libros de historia. Las novelas deben estar proscritas en esta biblioteca.

    Miro mi reloj, llevo ya diez minutos esperando. El tiempo pasa arrastrándose como una babosa y yo no sé qué hacer, ahí de pie frente a la estantería.

    De repente oigo un ligero ronquido, una especie de vibrato desacompasado. Miro a mi alrededor, pero no veo a nadie. Hay un sillón frente a la ventana y me parece percibir una mano delgada que se apoya en el reposabrazos. Me quedo paralizado. No estoy solo. Me acerco despacio, sin hacer ruido, sobre la alfombra gruesa. No oigo nada, pero un olor a alcanfor, acre, me invade el olfato. Carraspeo para que me oiga, pero no denoto ningún movimiento. Me sitúo al lado del sofá y veo el perfil de una vieja de piel fina y arrugada que tiene los párpados cerrados, azules y casi transparentes. Respira con levedad y su pecho huesudo avanza y retrocede en un movimiento apenas perceptible. El pelo ralo y blanco no consigue ocultar su cráneo sonrosado.

    Cuando voy a retirarme, abre los ojos. Su iris es el del cuadro, de azul cristalizado. Me mira y detecto un leve temblor en sus labios.

    —¿Quién eres tú? —pregunta en un susurro.

    —Arthur, Stevens, el novio de su… bisnieta, Esmeralda, supongo.

    Ella se ríe mostrando unos dientes amarillos y afilados. Una risa que sube de tono, que se convierte en carcajada. Su cara se deforma como vaciándose por dentro; los pómulos huesudos emergen bajo la piel. Mi corazón se para, me entra un sudor frío. Me agarro al sillón para mantener el equilibrio.

    —¿Qué… qué pasa? ¿De qué se ríe?

    Su rostro cambia de repente, se vuelve serio, agresivo.

    —Yo no tengo ninguna bisnieta. Mi nieto es viudo. Esmeralda era su mujer; murió ahogada en el estanque. De vez en cuando nos trae carne fresca.

    Oigo abrirse la puerta, miro a mi alrededor. Debo salir de aquí. ¡La ventana! ¿Puedo saltar por la ventana?

    Un relámpago ilumina la estancia. El roble retuerce sus ramas en el jardín.

    Me giro y veo un hombre en la puerta. La luz del pasillo le da de espaldas, no puedo verle la cara, proyecta una sombra alargada.

    La mujer del cuadro, ¿Esmeralda?, parece sonreír.

  • ANSIEDAD

    Notas que necesitas algo, que no estás bien. Es como si tuvieras un gusanillo insatisfecho en la barriga y, a falta de alimento, te royera la pared del estómago. Tienes una sensación de puño que te agarra las entrañas. 

    Te preguntas qué te ocurre, estás ceñudo, malhumorado. Te encuentro sentado en tu butaca, abstraído, aislado. Lees o escribes en el portátil. Pero mi impresión es que no disfrutas con ello.

    A veces te quedas estático, mirando enfrente, aunque parece que tus ojos no ven nada: se dirigen adentro, hacia la morada del gusano. Luego das un resoplido, un suspiro, ¿un lamento?

    Me inclino sobre tu hombro para leer lo que estás escribiendo: «Ansiedad» se titula. Mal vamos: con ese encabezado no puedo esperar nada bueno.

    ¿Estás imaginando un cuento? Lo que sí parece es que no estás contento. La taza de café que tienes en la mesita, al alcance de tu mano, se ha enfriado y, cuando das un sorbo, haces una mueca de disgusto.

    Sigues tecleando. Es como un impulso, un espasmo de tus dedos. Diría que actúan por inercia: no pareces tener la mente en lo que escribes. Luego te veo releer lo que has escrito, como preguntándote de dónde ha salido eso.

    Ves pasar a tu mujer, que atraviesa la estancia como un fantasma; se pasea por las gélidas habitaciones de un castillo escocés. Las miras de reojo, por encima de la pantalla. Ella se acerca y te da un beso superficial, de los que solo dicen «buenos días».

    Le preguntas sin beligerancia:

    —Pareces de mal humor. ¿Te pasa algo?

    —¿A mí? Nada. Se hace tarde —te responde ella, tras una mirada soslayada, y vuelve a lo que estaba haciendo.

    No sabes de qué te habla. Lo dejas correr, no quieres distraerte. No ahora que estás lanzado, que empiezan a surgir las palabras de forma fluida.

    El café está frío y amargo. Lo apartas a un lado.

    Parece que avanzas en tu relato. No me atrevo a mirar por encima de tu hombro y no sé si has escrito poco o mucho.

    Tras ese intercambio de impresiones con tu mujer, parece que estás más irritable. Avanzas a trompicones y te distrae cualquier cosa.

    Te enfurruñas si no te hacen caso, si no te escuchan… Si tu mujer no te atiende como es debido, es como si pincharan un globo y saliera disparado dando un bufido amargado. En cambio, cuando te aplauden, cuando valoran tu trabajo, el globo sube y flota, satisfecho.

    Hoy estás intranquilo. Algo te perturba. ¿Es por tu mujer? Ella, que siempre es tan atenta, ahora te ignora y no te atiende como es debido. Te preguntas qué le has hecho, o lo que no has hecho. 

    No lo sabes y te angustia.

    Cierras el ordenador. Parece que has terminado lo que estabas escribiendo. Veo que es un relato corto, no llega a dos páginas.

    Miras el reloj. Se ha hecho tarde. Algo te inquieta y no sabes dilucidar qué es.

    Percibes ruidos en el recibidor y abres la puerta del despacho. Ves el último destello de la luz antes de apagarse y oyes la puerta de la calle que se cierra con un golpe seco.

    El piso ha quedado silencioso y oscuro. Como una tumba.

    Miras por la ventana. Ves a tu mujer de pie en la acera. Levanta una mano. Para un taxi.

  • UNA PARTIDA DE CARTAS

    Venga, vamoz al ajo, que ze hace tarde.

    ¿Tienes, prisa, Zeta-Zeta?

    No joda’, quiyo, que esto es pa relajarse.

    Zaca el wizki, Profe, que eztoy zeco.

    Venga. Ves barajando, que voy a por las bebidas.

    Trae unas galletaz, porfa.

    Macho, Zeta-Zeta que enluego deja’ la’ carta’ pringá’.

    Oye, Quinqui, que yo me limpio laz manos, no jodaz.

    Aquí dejo las galletas y el wiski, serviros vosotros.

    Enga, Profe reparte. Anque un poker a tre’ paece cojo.

    El Trempao no podía venir. Debía tener azuntoz…

    A ver, descartes.

    Hay que apoztar antez del dezcarte.

    Ahí van dos pavos.

    Veo.

    ¿Cuántas?

    Doz.

    Tré’.

    Servido.

    Jodé’, ¿ya empezamo’ con lo servío, Profe?

    Tu juega tus cartas y no te metas.

    Erez un farolero de mucho cuidado, Profe.

    Si quieres verlo, Zeta-Zeta, son cinco euros. Iguálalo.

    ¿Qué asunto tenía el Trempao?

    Y yo que ze, Quinqui. Cozaz zuyaz.

    Vas o no vas, Quinqui, estemos por el juego.

    No, no m’ha subío ná.

    Y tú, Zeta-Zeta.

    Me cago en Dioz, claro que voy. Tuz cinco y cinco máz. A ver zi tienez algo.

    Algún día pillarán al Trempao, está jugando con fuego.

    Dentretanto se saca una pasta, ¿o no, Profe?

    Puez en la trena ze va a joder bien jodido. ¿Vaz o te rajaz, Profe?

    Trae pacá el wiski, Zeta.

    Cógelo tu, a ver zi te creez que zoy tu criado.

    Lo que ere’ e’ un gilipolla’.

    Zin faltar o te enteraz, Quinqui.

    Tengamos la fiesta en paz que siempre estáis a la greña.

    Venga vaz o no vaz…

    Tus cinco y veinte más.

    Trae la botella, Quinqui, me cago en tuz muertoz. ¿No vez que estoy zeco?

    Te voy a meté’ la botella por culo, mamón.

    ¿Te retiras, Zeta-Zeta o igualas mi apuesta?

    A mi nadie me mete nada por el culo, zoplapollaz.

    ¿Zoplapollaz! ¡Zeta-Zeta! A vé’ si pronuncia’ como Dio’ manda, capuyo.

    ¿Queréis calmaros? Venga, estemos por el juego. Vas Zeta-Zeta o me llevo el dinero.

    Tu quietaz laz manos, Profe, el dinero no ze mueve de momento. Dame la puta botella, Quinqui o te zuelto un zopapo.

    ¿Tú y cuánto’ hombre’, nena?

    ¡Te vaz a enterar capullo!

    ¡Quietos los dos! ¡vais a romperme los muebles! ¡Quietos he dicho!

    ¡Me cago en tu’ puto’ muerto’!

    ¡Zuértame el cuello! Aaarg…

    Aparta Profe qu’este capullo dejará de decí’ zeta’.

    ¡Suéltalo! ¡Te lo juro que te mato! ¡Suéltalo! ¡Un cuchillo! ¡Necesito un cuchillo! Aguanta Zeta.
    ….
    ¡Muere, zetamierda! Suéltame, Profe ¡Ay, jode’!

    ….
    Dios mío… Solo era una partida de cartas… Solo eso…
    ….
    ¿Policía? Vengan deprisa, hay dos cadáveres.

  • LA HABITACIÓN

    La habitación es pequeña, muy pequeña. Tan pequeña que si me plantara en medio podría tocar las paredes que me rodean. Es como una celda carcelaria o, mejor, la habitación de un monje. Pero no es como si estuviera preso; hay una ventana grande por la que se abre al mundo.

    Estoy sentado sobre la cama que ocupa media habitación. Es una cama estrecha y alta, imponente, o quizá solo sea tan imponente por su relación con el ridículo habitáculo. Noto que me hundo; el colchón está viejo y tiene poca tensión, me rodea el culo y me absorbe hacia dentro. Creo que es de lana porque me parece oler a lana, a lana húmeda. No es un olor desagradable, es como cuando vivía con mis padres en la granja, después de una tarde de lluvia, al encerrar a las ovejas en el cercado. Ese olor.

    Palpo la superficie del camastro, noto la pelusilla de la manta granate entre mis dedos, en la palma de la mano, me hace cosquillas. Me gusta esa manta; parece comprada en un puesto en un mercado ambulante. Con mi madre solíamos ir a esos mercados los sábados por la mañana, en el pueblo. Era una fiesta; nos acercábamos con el dos caballos destartalado que dejábamos a las afueras. Recuerdo que se metía entre la gente y rebuscaba entre la ropa amontonada, mientras me decía que me cogiera a su falda y no me soltara. Yo me quedaba ahí, sujeto a la ropa mientras ella rebuscaba y rebuscaba. Luego sacaba una prenda y me la ponía sobre mi pecho y calculaba si iba a quedarme bien, si era de mi talla. A veces la compraba. La mayoría de las veces no.

    Mis pies apenas tocan el suelo por lo alto de la cama. La superficie está cubierta por tablas de un color de moho desgastado. ¿Cuántos estudiantes, o escritores como yo, lo habrían pisado? Cientos. El alquiler es barato. Pero no podría permitirme nada mejor; no me quejo. Hay una pequeña mesa de madera con un cajón donde puedo guardar mis folios y el bolígrafo. Todo lo que necesito. También es donde me lavo por las mañanas, antes de ponerme a la tarea; es más que suficiente. Eso sí, tengo que apartar la palangana y la esponja y los demás utensilios del aseo y dejarlos en el suelo, pero puedo peinarme mirándome en el espejito que cuelga de la pared y secarme con la toalla que cuelga a su lado.

    La arrendadora nos permite usar la bañera una vez por semana. No es mucho, pero debo acostumbrarme. Mi madre me obligaba a bañarme cada día; era una obsesa de la limpieza, sobre todo la corporal; la de casa un poco menos, la verdad. Pero en lo referente a la higiene era de lo más exigente: las orejas, las uñas. Una inspección completa de arriba abajo cada día, antes de salir hacia la escuela.

    También hay dos sillas naranjas, por si tuviera visitas, una o dos si uno se sentara en la cama. Tampoco hay nadie que quisiera invitar a mi cuarto. No podría traer visitas románticas, por decirlo de alguna manera. No importa, soy una persona bastante solitaria. Ya lo era de niño; mientras otros salían a jugar a la pelota, yo me quedaba en mi cuarto, con mis lápices de colores, imaginando habitaciones como esta: otra dimensión de mi experiencia. Pero sobre todo escribiendo cuentos; ahí me sentía como una especie de mago. ¿Para qué quería salir a la calle a recibir patadas de los rivales en un partido de futbol en medio de la calle? Se te va a secar el cerebro, me decía mi madre.

    Pero yo me sentía mejor así, solo en mi cuarto, con mis lápices y mis fantasías.

    Como en este cuarto. También hay pinturas colgadas de las paredes amarillas. Dan un poco de fantasía a la estancia. No es un lugar lúgubre; a mí me gusta. Se adapta a mis necesidades. Tiene un olor a manzana asada; no sé de dónde le viene, o es que lo desprenden los muebles avejentados.

    Sigo sentado en la cama con la punta de los pies sobre el entarimado. Miro la estancia, embelesado. Noto una presencia a mi lado y un ligero carraspeo. Me giro y descubro una mujer de pelo rojo y rizado que saca un cuaderno de dibujo y se pone a hacer un bosquejo.

    —Bonito el cuadro de Van Gogh, ¿verdad?

    —¿Eh? Ah, sí, el cuadro. El dormitorio.

    Salgo de mi ensueño. Un haz de sol, proveniente de la única ventana de la sala, me hace parpadear recolocándome en el mundo.

    —¿Vas a dibujarlo?

    —Bueno, voy a intentar hacer un ejercicio de composición basándome en ese lienzo.

    —Yo también —le digo. Y saco mi libreta de notas y me pongo a escribir este relato.

  • INSPIRACIÓN

    Un rayo iluminó la oscuridad del jardín por un instante. Fue suficiente. La cara que vio le a través de la ventana del cottage le hizo dar un salto en la butaca de su escritorio. El rostro atormentado era el de su padre, el que había sido alcalde de Silenor. Ahora el cetro lo ostentaba el nuevo marido de su madre.

    Gimlet estaba solo en su estancia principesca y hervía de rabia…

    Nada. Aunque lo modifique, creo que se va a notar mucho el plagio.  Esto no me sirve. Quizá si lo sitúo en Manhattan y no en Dinamarca… Pero ahora, ¿cómo sigo? ¿Qué el muchacho mate al nuevo alcalde por haberse casado con su madre?

    Joder, es que no se me ocurre nada.

    Veamos.

    Doris vio su cara reflejada en el espejo gris, una cara que ya no era ella, pero a diferencia de lo que es habitual con los espejos, no se veía avejentada, sino más joven. En el reflejo estaba lozana y sonriente, mientras en la realidad las arrugas empezaban a surcar las comisuras de los labios y de los párpados y el pelo encanecía. «Doris gris» la llamaba su hija, haciéndola sentir más vieja. Pero ese espejo la embellecía, le devolvía la juventud perdida. Lo había comprado en un anticuario en una tortuosa calle del barrio judío…

    Otro fiasco. Hoy no me siento inspirado. Esta parodia también es demasiado evidente. No se me ocurre nada original y los clásicos no me inspiran.

    Hay luna llena y el jardín refleja su luz en la escarcha. Los vecinos hacen una fiesta en su parcela y tienen muchos invitados. Voy a descansar un poco; quizá si me tomo un café bien cargado, mi mente espabila. Inspirarse en los clásicos está bien como disparador de la imaginación, pero si el lector percibe el original, dirá que es un plagio.

    Quizá si los mezclara…

    Ella se miró en el espejo y vio a su madrastra que había enterrado no hacía más de unas semanas. Se quedó rígida y el espejo le tembló en la mano; casi se le cayó al suelo, pero pudo sujetarlo con fuerza. ¿Eres tú, mamaíta?, le preguntó con voz trémula. Sí, soy yo, tú me has convocado. ¿Yo? Sí, tú, preguntándote si eres la más bella del reino, y no, la más bella es…

    ¡A la mierda! Eso cada vez es peor. No sé a qué viene meter a los hermanos Grimm en la ecuación.

    Tengo los pies helados; hace frío esta noche. Miro por la ventana y envidio a mis vecinos.

    En su fiesta, la que hacían una vez al año, habían acudido la flor y nata de la sociedad del momento. Yo hacía tiempo que lo observaba en su mansión al lado de la mía. ¡Cuánta gente! Los coches estaban aparcados de cualquier manera en la calle. Ellas iban ataviadas con vestidos largos y ellos con esmoquin. En el amarradero, el bote de Gabis se mecía indolente… Él estaba como ausente. Mirando al otro lado de la bahía.

    Esto sí que es un plagio con todas las de la ley. Gabis el grande merece más respeto.

    Un jinete irrumpió en la fiesta vestido de armadura. La gente calló y miró al hombre que lucía una corona sobre su pelo blanco. Gabis se aproximó vacilante y cogió las riendas del corcel mientras se dirigía a su padre. Deja de mirarte tanto en el espejo, que pareces tonto, le dijo el jinete desde su silla, y ve a buscar a tu amada para darle un beso. ¡Sé un hombre! ¡Coño! No va a estar esperándote eternamente. Despiértala con tus labios. ¡Inútil!

    Joder, ¡mira que soy burro! Es para pegarse un tiro y pedir que te echen a los cuervos para que te coman los ojos y se alimenten de tu miserable cerebro.

    Debería tomarme unas vacaciones y dejar la mente en blanco por un tiempo.

    Sí, será lo mejor, quizá en ese balneario cerca de Davos, ¿cómo se llama? Gerbhof, eso.

    A ver si allá me inspiro.

  • LA CARTA DE DESPEDIDA

    Es hora de decir adiós.

    Mis dedos sostienen el lapicero mientras mis ojos brumosos vagan por la habitación, distraídos. Pasan sobre los objetos que guardan tantos recuerdos. Se detienen un instante en la foto. Más que verla, la recuerdo; tantas veces acariciada, ahora está delante de mí, un poco borrosa. No importa, recuerdo todos los detalles, como si todavía viera con claridad. Miro con los ojos de la memoria: ella vestida de blanco; los ojos brillantes; el pelo, negro como el azabache, recogido en un moño; y esa sonrisa abierta, como una rosa roja en primavera. Yo de esmoquin, mirando a la cámara; un gesto serio, responsable, satisfecho.

    Humedezco la punta del lapicero con la lengua y escribo las primeras palabras sobre el papel de carta.

    «Queridos hijos».

    No lo van a entender, son tan… prácticos. Solo se preocupan por mi bienestar físico, como si eso fuera lo más importante. ¿Cómo está la presión? ¿Ya te acuerdas de ir a la farmacia para que te la tomen? Siempre preocupados por la presión. Solo por aquel ictus, o más bien un amago de ictus, que dicen que no me ha afectado. Bueno, quizá en ese desequilibrio en la cara, con una mitad más indiferente que la otra.

    Pero la herida es otra, nada que ver con la presión arterial.

    Miro en mi mente los recuerdos que trae la foto. Muchos años a su lado, dos hijos vivos, otro que se fue cuando era muy niño. Una vida de altibajos, momentos terribles de los que salimos a duras penas, cogidos de la mano. Cuando uno desfallecía, el otro tiraba, y así fuimos sorteando las dificultades a medida que se presentaban.

    «Quiero comunicaros mi decisión; puede que esta os resulte incomprensible».

    Sí, les costará aceptarlo. Su padre, el hombre serio y responsable, la figura respetable que los ha guiado con timón firme… ¿Perdió el juicio?, pensarán, pasmados cuando lean estas palabras de despedida.

    Porque ellos no serán capaces de entender la penumbra en que estoy viviendo. Una niebla física que agarrota mis articulaciones, me impide respirar, se me mete en la garganta y me ahoga, me ahoga. ¿Cómo van a entenderlo en la plenitud de su vida?

    «Quisiera explicároslo con palabras sencillas, tranquilizadoras, para que entendierais mis sentimientos y no tuvierais miedo. Yo no lo tengo, ya no…»

    He roto la soga a la que estaba atado. Por fin voy a desembarazarme de las angustias, de ese estado de zozobra.

    Lo he dejado todo atado y bien atado, para que no les falte de nada. El otro día hice mi testamento ante notario. También tomé una decisión que llevaba tiempo aplazando. No deben preocuparse.

    «Intentad poneros en mi lugar. Han pasado ya diez años desde que vuestra madre nos dejó. Era la luz que alumbraba mis días. Por ella y por vosotros, me he esforzado con ilusión, me he dejado la piel. No, no lo lamento, ha sido para bien, pero ahora estoy cansado, muy cansado. Ahora debo irme. No os entristezcáis».

    Bueno, no voy a enrollarme mucho más, creo que ya entenderán mi postura al menos un poco y espero que no sufran.

    Sí, debo decir adiós. Adiós a la soledad, a la fatiga, a la niebla que me envuelve cada día de mi vida.

    Voy a terminar la carta; solo les diré que no me echen en falta, que tienen a sus hijos, que cuiden de ellos. Que yo estaba siendo más un estorbo que una ayuda.

    Doblo el papel y lo meto en su sobre.

    Me levanto, cojo el retrato de nuestra boda y le doy un beso a su cara bonita.

    Ya tengo las maletas preparadas en el recibidor, recojo el pasaje del crucero, dejo el sobre abierto con la carta en su interior y abro la puerta.

    Doy una última mirada a la foto de la repisa y le guiño un ojo.

  • LA HABITACIÓN

    La habitación es pequeña, muy pequeña. Tan pequeña que si me plantara en medio podría tocar las paredes que me rodean. Es como una celda carcelaria o, mejor, la habitación de un monje. Pero no es como si estuviera preso; hay una ventana grande por la que se abre al mundo.

    Estoy sentado sobre la cama que ocupa media habitación. Es una cama estrecha y alta, imponente, o quizá solo sea tan imponente por su relación con el ridículo habitáculo. Noto que me hundo; el colchón está viejo y tiene poca tensión, me rodea el culo y me absorbe hacia dentro. Creo que es de lana porque me parece oler a lana, a lana húmeda. No es un olor desagradable, es como cuando vivía con mis padres en la granja, después de una tarde de lluvia, al encerrar a las ovejas en el cercado. Ese olor.

    Palpo la superficie del camastro, noto la pelusilla de la manta granate entre mis dedos, en la palma de la mano, me hace cosquillas. Me gusta esa manta; parece comprada en un puesto en un mercado ambulante. Con mi madre solíamos ir a esos mercados los sábados por la mañana, en el pueblo. Era una fiesta; nos acercábamos con el dos caballos destartalado que dejábamos a las afueras. Recuerdo que se metía entre la gente y rebuscaba entre la ropa amontonada, mientras me decía que me cogiera a su falda y no me soltara. Yo me quedaba ahí, sujeto a la ropa mientras ella rebuscaba y rebuscaba. Luego sacaba una prenda y me la ponía sobre mi pecho y calculaba si iba a quedarme bien, si era de mi talla. A veces la compraba. La mayoría de las veces no.

    Mis pies apenas tocan el suelo por lo alto de la cama. La superficie está cubierta por tablas de un color de moho desgastado. ¿Cuántos estudiantes, o escritores como yo, lo habrían pisado? Cientos. El alquiler es barato. Pero no podría permitirme nada mejor; no me quejo. Hay una pequeña mesa de madera con un cajón donde puedo guardar mis folios y el bolígrafo. Todo lo que necesito. También es donde me lavo por las mañanas, antes de ponerme a la tarea; es más que suficiente. Eso sí, tengo que apartar la palangana y la esponja y los demás utensilios del aseo y dejarlos en el suelo, pero puedo peinarme mirándome en el espejito que cuelga de la pared y secarme con la toalla que cuelga a su lado.

    La arrendadora nos permite usar la bañera una vez por semana. No es mucho, pero debo acostumbrarme. Mi madre me obligaba a bañarme cada día; era una obsesa de la limpieza, sobre todo la corporal; la de casa un poco menos, la verdad. Pero en lo referente a la higiene era de lo más exigente: las orejas, las uñas. Una inspección completa de arriba abajo cada día, antes de salir hacia la escuela.

    También hay dos sillas naranjas, por si tuviera visitas, una o dos si uno se sentara en la cama. Tampoco hay nadie que quisiera invitar a mi cuarto. No podría traer visitas románticas, por decirlo de alguna manera. No importa, soy una persona bastante solitaria. Ya lo era de niño; mientras otros salían a jugar a la pelota, yo me quedaba en mi cuarto, con mis lápices de colores, imaginando habitaciones como esta: otra dimensión de mi experiencia. Pero sobre todo escribiendo cuentos; ahí me sentía como una especie de mago. ¿Para qué quería salir a la calle a recibir patadas de los rivales en un partido de futbol en medio de la calle? Se te va a secar el cerebro, me decía mi madre.

    Pero yo me sentía mejor así, solo en mi cuarto, con mis lápices y mis fantasías.

    Como en este cuarto. También hay pinturas colgadas de las paredes amarillas. Dan un poco de fantasía a la estancia. No es un lugar lúgubre; a mí me gusta. Se adapta a mis necesidades. Tiene un olor a manzana asada; no sé de dónde le viene, o es que lo desprenden los muebles avejentados.

    Sigo sentado en la cama con la punta de los pies sobre el entarimado. Miro la estancia, embelesado. Noto una presencia a mi lado y un ligero carraspeo. Me giro y descubro una mujer de pelo rojo y rizado que saca un cuaderno de dibujo y se pone a hacer un bosquejo.

    —Bonito el cuadro de Van Gogh, ¿verdad?

    —¿Eh? Ah, sí, el cuadro. El dormitorio.

    Salgo de mi ensueño. Un haz de sol, proveniente de la única ventana de la sala, me hace parpadear recolocándome en el mundo.

    —¿Vas a dibujarlo?

    —Bueno, voy a intentar hacer un ejercicio de composición basándome en ese lienzo.

    —Yo también —le digo. Y saco mi libreta de notas y me pongo a escribir este relato.

  • LA MUJER Y LA MALETA

    Todo tiene un límite

    Tiene un día de perros, uno más.

    Está sentado en la barra del bar de Paco. La cabeza apoyada en las manos.

    El puto jefe me tiene martirizado, piensa, mientras da un trago. No se lo puede sacar del pensamiento. Joder, Manuel, a ver si te fijas… Joder, Manuel, ya has vuelto a meter la pata…

    Siempre la misma letanía.

    Joder, Manuel…

    Lo oye en su cabeza, como el martillo de un herrero, pum, pum, pum… y no lo borra ni regándolo con whisky.

    —Paco, ponme otro…

    —Es tarde, Manuel. Tengo que ir cerrando.

    —Un último trago y me voy, te lo juro.

    Un último vaso.

    Está mareado, sube las escaleras, tambaleante, apoyándose en la barandilla. Los escalones parecen tener vida propia; se mueven esquivos bajo sus pies. Mastica un chicle de menta para que no le huela el aliento; a su mujer no le gusta que beba. Claro, ella está en casa, ella no tiene que aguantar a un jefe. Ya me gustaría verla en la oficina con un cabrón como ese. Al llegar al rellano, tira el chicle por el hueco de la escalera. Busca la llave y no la encuentra; se registra los bolsillos y al final la encuentra en el bolsillo del abrigo. La coge entre los dedos y se le cae al suelo. Maldita llave, mierda. Intenta meterla en la cerradura, pero no acierta y maldice en voz alta cómo es que hacen esos agujeros tan pequeños. Al final abre la puerta. Se apoya un momento en el vano, esperando que deje de moverse el recibidor que está en penumbra.

    —Cariño, ya he llegado.

    No oye a nadie. ¿Estará solo?

    Tropieza con algo que hay en el suelo. Casi se da un porrazo. Una maleta, ¿qué coño hace una maleta en medio del recibidor?

    —¡Teresa! ¿Dónde estás, joder? ¿Y esa maleta? ¿Qué coño hace aquí? ¡Casi me mato!

    Levanta la cabeza y la ve, de pie, al fondo del pasillo con la niña a su lado. Están quietas, calladas, parecen dos fantasmas en las sombras.

    —Abrid la luz, hostias, que no os veo. ¿Se puede saber qué coño hacéis ahí, paradas, como dos almas en pena? ¡Menudo susto me habéis dado!

    —Nos vamos. Solo nos hemos esperado para decírtelo en la cara.

    —¿Os vais? ¿De qué cojones estás hablando?

    Le parece que la pared del pasillo se inclina e intenta apoyarse. Mierda, con el whisky igual me he pasado.

    —A casa de mi madre. No te aguantamos más. Ya no puedo seguir así. Ella tampoco te aguanta —dice señalando a la pequeña—. Siempre borracho, siempre quejándote de todo, refunfuñando.

    Las ve acercarse, las dos cogidas de la mano, y plantarse delante de él. Le dicen que se aparte. Él se planta con las manos en cruz, una en cada pared del pasillo. No puede permitir que se vayan. No se van a ir, de eso nada. Intenta ocupar todo el espacio, hincha el pecho, separa las piernas. Obstruye el paso con su cuerpo.

    Pero todo le da vueltas.

    Nota en las costillas un codazo. Se lo ha propinado su mujer y se retuerce de dolor; baja las manos para cogerse el costado. Tropieza con la mesilla del pasillo y tira al suelo las figuras de porcelana que le regaló su madre. Las figurillas, las figurillas… Intenta recogerlas, pero se desequilibra y se cae de bruces.

    Al levantar la cabeza, ve a su mujer que coge la maleta y la mano de la niña. La pequeña carga con una mochila. La ve girarse, las lágrimas resbalándole por su dulce carita.

    La madre la estira del brazo.

    Abren la puerta.

    Él consigue ponerse de rodillas y estira los brazos.

    —No os marchéis… Por favor… No os vayáis… ¡No me dejéis solo!

    Siente una bocanada de bilis que le sube a la boca y le entran arcadas. No puede evitar vomitar en el suelo, sobre el resto de las figuras de porcelana.

    Cierra los ojos.

    Oye la puerta al cerrarse.

    Cuando consigue volver a abrirlos, ya no hay nadie.

    Se ha quedado solo.

  • UNA CARTA DE DESPEDIDA

    Decir adiós siempre es difícil

    Es hora de decir adiós.

    Mis dedos sostienen el lapicero mientras mis ojos brumosos vagan por la habitación, distraídos. Pasan sobre los objetos que guardan tantos recuerdos. Se detienen un instante en la foto. Más que verla, la recuerdo; tantas veces acariciada, ahora está delante de mí, un poco borrosa. No importa, recuerdo todos los detalles, como si todavía viera con claridad. Miro con los ojos de la memoria: ella vestida de blanco; los ojos brillantes; el pelo, negro como el azabache, recogido en un moño; y esa sonrisa abierta, como una rosa roja en primavera. Yo de esmoquin, mirando a la cámara; un gesto serio, responsable, satisfecho.

    Humedezco la punta del lapicero con la lengua y escribo las primeras palabras sobre el papel de carta.

    «Queridos hijos».

    No lo van a entender, son tan… prácticos. Solo se preocupan por mi bienestar físico, como si eso fuera lo más importante. ¿Cómo está la presión? ¿Ya te acuerdas de ir a la farmacia para que te la tomen? Siempre preocupados por la presión. Solo por aquel ictus, o más bien un amago de ictus, que dicen que no me ha afectado. Bueno, quizá en ese desequilibrio en la cara, con una mitad más indiferente que la otra.

    Pero la herida es otra, nada que ver con la presión arterial.

    Miro en mi mente los recuerdos que trae la foto. Muchos años a su lado, dos hijos vivos, otro que se fue cuando era muy niño. Una vida de altibajos, momentos terribles de los que salimos a duras penas, cogidos de la mano. Cuando uno desfallecía, el otro tiraba, y así fuimos sorteando las dificultades a medida que se presentaban.

    «Quiero comunicaros mi decisión; puede que esta os resulte incomprensible».

    Sí, les costará aceptarlo. Su padre, el hombre serio y responsable, la figura respetable que los ha guiado con timón firme… ¿Perdió el juicio?, pensarán, pasmados cuando lean estas palabras de despedida.

    Porque ellos no serán capaces de entender la penumbra en que estoy viviendo. Una niebla física que agarrota mis articulaciones, me impide respirar, se me mete en la garganta y me ahoga, me ahoga. ¿Cómo van a entenderlo en la plenitud de su vida?

    «Quisiera explicároslo con palabras sencillas, tranquilizadoras, para que entendierais mis sentimientos y no tuvierais miedo. Yo no lo tengo, ya no…»

    He roto la soga a la que estaba atado. Por fin voy a desembarazarme de las angustias, de ese estado de zozobra.

    Lo he dejado todo atado y bien atado, para que no les falte de nada. El otro día hice mi testamento ante notario. También tomé una decisión que llevaba tiempo aplazando. No deben preocuparse.

    «Intentad poneros en mi lugar. Han pasado ya diez años desde que vuestra madre nos dejó. Era la luz que alumbraba mis días. Por ella y por vosotros, me he esforzado con ilusión, me he dejado la piel. No, no lo lamento, ha sido para bien, pero ahora estoy cansado, muy cansado. Ahora debo irme. No os entristezcáis».

    Bueno, no voy a enrollarme mucho más, creo que ya entenderán mi postura al menos un poco y espero que no sufran.

    Sí, debo decir adiós. Adiós a la soledad, a la fatiga, a la niebla que me envuelve cada día de mi vida.

    Voy a terminar la carta; solo les diré que no me echen en falta, que tienen a sus hijos, que cuiden de ellos. Que yo estaba siendo más un estorbo que una ayuda.

    Doblo el papel y lo meto en su sobre.

    Me levanto, cojo el retrato de nuestra boda y le doy un beso a su cara bonita.

    Ya tengo las maletas preparadas en el recibidor, recojo el pasaje del crucero, dejo el sobre abierto con la carta en su interior y abro la puerta.

    Doy una última mirada a la foto de la repisa y le guiño un ojo.